El particular caso de la familia Pomar y la vorágine de 24 días de búsqueda y conjeturas.
La voracidad de los medios y el inesperado desenlace del caso que no fue.

“Papá, a eso de las 22 estamos en Pergamino”, escribe Gabriela Viagrán de Pomar en su celular a su padre mientras se acomoda en el asiento del acompañante. El Fiat Duna rojo acelera por la ruta. Es noche cerrada. Fernando Pomar conduce serio. Sus manos transpiran aferradas al volante. Siente que su camisa está adherida al respaldo. Sabe que no tiene opción. Deudas, desempleo, un crédito hipotecario, un secuestro anterior, vinculaciones con el cartel de Sinaloa, cierto desequilibrio emocional y una mujer infiel son suficientes motivos para cometer una locura. Él no es la excepción. Pilar y Candelaria duermen atrás. Pobres. No tienen la culpa. Pero no hay otra opción. Disimuladamente toca el revólver que descansa bajo su asiento. Sigue ahí, acechante. Mentalmente repasa el plan. Fingir una falla técnica en el motor. Detenerse en la banquina, en la oscuridad. Tomar el arma. Primero le dispararía a las chicas, ni se enterarían. Después acabaría con su mujer. Escondería el auto entre los matorrales y terminaría con su propia agonía. El juego de luces de un camión lo devuelve a la realidad. Mira a su mujer que asiente por el sueño, como demostrando estar de acuerdo con lo que iba a hacer. Llegó el momento, se convence.

“Los amigos del barrio pueden desaparecer”

El 15 de noviembre de 2009 la familia Pomar parte desde la localidad bonaerense de José Mármol hacia Pergamino. Viajan en un Fiat Duna Weekend Fernando Pomar de 40 años, su mujer, Gabriela Viagrán de 37, y sus dos hijas, Pilar, de 3 años, y Candelaria, de 6 años. Van a visitar a unos parientes. Fernando tiene también una entrevista laboral. Antes de partir dejan a Franco, hijo de un matrimonio anterior de Gabriela, en lo de unos amigos. El chico debe rendir un examen el lunes 16, y los Pomar no piensan regresar hasta entrada la noche. “Estamos yendo”, avisa Gabriela a sus parientes a las 19 horas. Pero nunca llegan. Los familiares en Pergamino comienzan a llamar a los celulares de Fernando y Gabriela. Pero no responden. Es entonces que deciden hacer la denuncia, que llega a las manos de la fiscal Karina Pollice, titular de la Unidad Funcional de Instrucción del Departamento Judicial Pergamino. Pollice no se imagina que estará involucrada en el caso que desconcertará a todo el país durante 24 días.

“El medio es el mensaje”

Durante los días posteriores comienza una intensa búsqueda de la familia Pomar, que excede el territorio nacional: una hipótesis es que se fueron del país. Lo cierto es que no hay datos precisos sobre el paradero de la familia. Es el momento en el que los medios entran en acción. El transplante exitoso de Sandro, el affaire de Oyarbide y Macri, el crimen del empresario en Campana, el matrimonio gay, y tantos otros temas pasan a segundo plano. Hay una familia, una desaparición, muchas conjeturas, y ninguna certeza. Es el caldo de cultivo ideal para esbozar todo tipo de teorías. Se aplica la ley del brainstorming, donde cualquier aporte es bueno y válido, ya que nadie tiene idea de lo que pasó. “No descartamos ninguna hipótesis”, asegura el subsecretario de Investigaciones del Ministerio de Seguridad, Paul Starc, en su paso por Pergamino. El 20 de noviembre, los investigadores consiguen una imagen de video de las cámaras de seguridad del peaje de Villa Espil, en la ruta 7. Sólo se lo ve a Fernando Pomar. La imagen aparece en todos los medios. Comienzan a analizar la expresión del rostro de Pomar. “Parece enfurecido”, “está pidiendo auxilio”, “es un grito desesperado”, son algunas de las posibilidades. Quizás simplemente sea que la imagen está borrosa, ya que se trata de una cámara que es de video, no fotográfica, y de mala calidad. Pero eso no importa. En medio de la vorágine, no hay lugar para la sensatez. Comienzan a desfilar por los medios distintos “expertos”, como adivinos o investigadores aficionados, que juran saber la respuesta a lo que se pregunta todo el país: ¿dónde están los Pomar? El 23 de noviembre aparece una segunda imagen del auto, en el peaje de San Andrés de Giles. En la foto se ve a todos los integrantes de la familia. Lejos de descartar opciones, las alimenta. Los medios comienzan a averiguar todos los detalles de la vida de los Pomar, especialmente sobre Fernando, que sería “la pieza clave” de la desaparición. El 26, un testigo asegura haber visto a toda la familia en un centro comercial de la localidad de Ameghino cinco días después de la desaparición. Los investigadores descartan esa posibilidad. Un taxista en la localidad de Villa Regina, Río Negro, afirma también haber visto a toda la familia en una estación de servicio. También se descarta esa opción.  El 1 de diciembre se allana la casa de los Pomar en busca de un arma que había comprado Fernando para su seguridad. No la encuentran. Un arma es en todo cuento policial un elemento fundamental. La existencia de una en el caso Pomar (y mejor aún, su desaparición) aumenta el misterio y la imaginación. Tanto los investigadores como los periodistas manejan 6 hipótesis principales: 1) Viajaron al exterior, 2) Desaparición voluntaria debido a las deudas de Pomar, 3) Drama Pasional, con diversas versiones, como el asesinato de toda la familia por Fernando Pomar, 4) Accidente automovilístico, 5) Secuestro, y 6) Asalto, con posible crimen de la familia. Por otro lado, se vincula a Fernando Pomar con el cartel de Sinaloa, ya que se desempeñaba como químico. Se dice también de Fernando que era violento, agresivo, que habría abusado de sus hijas, incluso que las habría matado. Los investigadores ofrecen una recompensa a quién aporte alguna pista del paradero de la familia.

El desenlace

El 8 de diciembre las cámaras de televisión muestran un auto volcado entre los matorrales a la vera de la ruta 31. Es el auto de los Pomar. “están muertos”, reza el titular de un noticiero sensacionalista. La bola de nieve que cayó vertiginosamente durante 24 días, creciendo en intensidad y tamaño se desvanece contra la realidad. Los medios se alzan contra los investigadores. Negligencia, inoperancia, son palabras que escoltan los nombres de las principales autoridades en las sentencias de los periodistas. El caso tuvo el desenlace menos esperado: se accidentaron. No hubo crimen, no hubo drama familiar, no hubo robo, secuestro, narcotraficantes, amantes celosas, desequilibrios mentales, ajustes de cuentas… nada de todo lo que los medios enarbolaron durante 24 días. Lo que si hubo fue negligencia (como admitiría el Ministro de Seguridad Carlos Stornelli), paranoia, imaginación, anhelo de fama y malas intenciones. Fue una alocada carrera por sacar cada capa de la “cebolla” del caso, hasta que finalmente no quedó nada, solo lágrimas en los ojos de los familiares y un sabor ácido en la boca de todos.

“Papá, a eso de las 22 estamos en Pergamino”, escribe Gabriela Viagrán de Pomar en su celular a su padre mientras se acomoda en el asiento del acompañante. El Fiat Duna rojo acelera por la ruta. Es noche cerrada. Fernando Pomar conduce el automóvil. Qué piensa, qué dice, qué planea, jamás lo sabremos. Sus hijas, Pilar y Candelaria, quizás duerman en el asiento trasero. Quizás estén en silencio. Probablemente estén tomando mate o café. Pomar parece cansado, o no. Gabriela quizás tenga sueño, o esté dormida ya. Poco importa. No hay narcotraficantes siguiéndolos, no hay un arma acechando debajo del asiento, no hay secuestradores, no hay un plan para asesinar a toda la familia. Quizás fue una mala maniobra, un perro que se cruzó, o el sueño de un hombre cansado y sin empleo. No lo sabemos. Sí sabemos que fue un accidente automovilístico, uno de los miles que hay anualmente en nuestro país. Es un caso que no fue, a pesar de que los medios se empecinaran en tejer un drama pasional con desenlace fatal, haciendo  de la sensatez un caso omiso.