“¿Te sabés los nombres de todos?”, “¿Entran todos en la misma mesa?”, “¿Sabés todos los cumpleaños?”, “¿Tienen un colectivo?”. Esas son algunas de las preguntas que me hacen regularmente cuando cuento que tengo 10 hermanos. Algunas son menos elegantes como “¿tus papás no tenían televisor?”. No puedo evitar reírme cuando me someten a un interrogatorio de este tipo. Admito que me divierte. Lo mejor son las caras de sorpresa y cómo proyectan a su familia multiplicada por 2 ó 3 veces. Hay dos tendencias generales: unos concluyen con un “¡Yo me muero!”, otros dicen “¡Qué divertido!”. Me inclino más por la segunda variante. Por supuesto que hay momentos más complicados, como en toda familia. Pero mi familia es muy divertida. Les pongo un ejemplo. Hace unos días cumplieron años dos hermanos míos: Charlie 24 y Male 17. Fuimos a un bowling cerca de mi casa. Comimos pizza con cerveza en una mesa muy larga, éramos 22 personas. Les cantamos a mis hermanos, a una amiga de mi hermana y hasta el mozo que nos atendía (que era igual al actor Eduardo Blanco). Después nos fuimos al sector de bowling (donde también le cantamos al que nos alcanzaba los zapatos). Armamos bastante revuelo en las líneas, entre el reggeaton, los aplausos, bailes, festejos. Finalmente ganó mi padre. Esto fue un martes. Nos acostamos a las 2 de la mañana. Parecería raro en otras familias, pero en la mía es completamente normal. Tengo 6 hermanas (Flopi, Mayu, Maggie, las mellizas Sofi y Vicky, y Male), y 4 hermanos (Guga, Ruso, Tomi y Charlie). Mis padres, Charlie y Mary, tienen 60 años. Soy el más chico de los varones, el octavo de la familia. En toda familia numerosa los hermanos mayores son también educadores. Les debo mucho a mis hermanos. Otra particularidad es que los más chicos son a su vez los más “malcriados”, provocando los celos de los mayores. Eso no los libra, no obstante, de usar ropa “heredada”. Hay de todo en mi familia. Algunos somos muy diferentes en la personalidad y en el aspecto físico. Pero a todos nos une el arte, la música y un fuerte sentido del valor de la familia.

El falso "Eduardo Blanco", mientras le cantábamos el cumpleaños

El falso Eduardo Blanco, mientras le cantábamos el feliz cumpleaños

Mi familia, posando con los zapatos de bowling.

Este valor de la familia es justamente el que está bajo cuestionamiento en la actualidad. El tema del momento es el debate sobre el matrimonio homosexual. Pobre Ricardo Fort, quedó desplazado, al menos por el momento. Circulan muchas visiones, argumentos, insultos, críticas, personajes variados, marchas, contra marchas, escraches. Sumado a esto, está por empezar el mundial de fútbol, lo que vuelve todo aún más confuso. En medio de todo este carnaval es difícil pensar con claridad. Al menos a mí me cuesta bastante. No es una novedad que todos tenemos sobre nuestra espalada una mochila con visiones heredadas, aprendidas, adquiridas, que filtran nuestra perspectiva. Voy a inspeccionar un poco la mía. Mi familia es católica, fui a un colegio católico y soy practicante. Si hubiese hecho esta declaración en cualquier programa de la tarde inmediatamente me hubiesen tildado de homofóbico y nazi. Permítanme la exageración. Por otro lado, me considero una persona abierta que respeta el pensamiento de los demás. Tengo la suerte de tener amigos que no piensan como yo, lo que me permite no cerrarme en mi “quintita”. Pero lo que más pesa en mi mochila es mi familia. Es el valor y el regalo más grande que tengo. Es también el filtro que pongo para analizar la realidad. Por eso no puedo entender a una persona que está a favor del aborto. Puedo respetarla, pero honestamente, no puedo entenderla. Mi hermano mayor tiene una hija de 2 meses, Elisa. Permítanme la subjetividad, pero es divina. Tener un bebé en brazos es una experiencia rarísima y a la vez muy linda. Confieso que me desconcertó un poco la primera vez que me la “prestaron” (más allá de mis dificultades para sostenerla bien). Al ver a Elisa no puedo entender el aborto. Sé que hay situaciones complicadas, que no todo es color de rosa, ni que mi familia sea “la familia Ingalls” o “los Hollyster”. Pero una vida es una vida. El mejor regalo que le podés hacer a un hijo es darle hermanos. Si son muchos mejor. No estoy en contra de que los homosexuales peleen por lo que quieren, están en su derecho de hacerlo. De lo que sí estoy en contra es que en esa pelea se destruya el valor de la familia. Me da la sensación de que hay una tendencia a desprestigiar a las familias heterosexuales, más allá de buscar la formalización de las homosexuales. Creo que en esto los medios se equivocan. Pueden pelear por la aprobación del matrimonio gay, están en su derecho, pero no hace falta que hagan una campaña para destruir a la familia clásica. Veo esta tendencia como un llamado de atención a todas las familias, para que aprovechen el valor que tienen y lo cultiven. ¿Qué necesidad hay de destruir algo bueno? En toda familia existen fallas y problemas, eso no quita que sea algo bueno. Uno de los argumentos de Pepe Cibrián en el Senado fue que los padres se separan generando traumas en los hijos. Más allá de la generalización, me hizo pensar en dos cosas. En primer lugar, estoy seguro de que si se aprueba la ley de matrimonio homosexual, dentro de algunos años existirá la ley de divorcio correspondiente. En segundo lugar, qué importante que es cuidar a nuestra familia. Respeto la lucha, pero no estoy de acuerdo con que se destruya a la familia. Sí, quizás es por la mochila que tengo. Pero esa mochila me hace ser quién soy. Me encantaría poder regalarles a mis hijos la situación en que sus amigos les pregunten sorprendidos “¿Te sabés los nombres de todos?”, y los menos elegantes “¿Tus papás no tenían Iphone?”.

La pequeña Elisa

Nota: Me encanta esta canción

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